sábado, 24 de junio de 2017

El Dieciocho Brumario de Donald J. Trump




“Hegel señala en alguna parte que todos los sucesos y personajes de gran importancia en la historia mundial ocurren, por así decirlo, dos veces. Olvidó agregar: la primera como tragedia, la segunda como farsa. Caussidière por Danton, Louis Blanc por Robespierre, la Montaña de 1848 a 1851 por la Montaña de 1793 a 1795, el Sobrino [Napoleón III] por el Tío [Napoleón Bonaparte]. ¡Y la misma caricatura ocurre en las circunstancias que rodean la segunda edición del Dieciocho Brumario!”

Karl Marx establece en el pasaje anterior, de su obra histórico-política El Dieciocho Brumario de Luis Bonaparte, un paralelismo entre los eventos y personajes de la Revolución Francesa y el posterior Imperio Napoleónico con aquellos de la Revolución de 1848 y el subsiguiente ascenso al poder del sobrino de Bonaparte, Luis, quien tomó el nombre de Napoleón III y se coronó emperador por referéndum. En esta comparación resultan desfavorecidos los segundos términos de cada par: no es lo mismo la Revolución de 48 que la de 1789, y desde luego, no es lo mismo el sobrino Luis Bonaparte que su tío Napoleón.

Puede resultar curiosa esta construcción analítica en un historiador al que se ha señalado como lineal en su concepción del tiempo, así como el énfasis en las figuras y sucesos políticos de quien señaló brillantemente que la historia no la hacen los individuos sino las clases en pugna. Pero no hay tal contradicción, queda claro aquí que los tiempos son irrepetibles, y que quien quiera investirse de la mística de una época pasada fracasará y resultará una farsa, pues la Historia no detiene su marcha, el tiempo no para, y si todo tiempo pasado resulta mejor, buscar asemejarse a un héroe pretérito sólo resultará en un fracaso.

Hemos sido testigos en nuestra época del ascenso al poder en los Estados Unidos de un personaje extraño y con él, de forma inusitada de hacer política. Puede parecer incomprensible que Donald Trump se haya hecho con el poder, rompiendo todas las reglas del sistema político estadunidense y sorprendiendo a quienes pensaban que los magnates neoliberales se conformarían con el poder económico sin el político. De la misma forma debió parecer extraño a los franceses bienpensantes la emergencia política de Luis Bonaparte, aclamado por los campesinos desencantados de su época.

Donald Trump ha recurrido a una figura histórica crucial del fin de la Guerra Fría, llegando incluso a samplear su lema de campaña. Ronald Reagan fue para muchos estadunidenses de la derecha el salvador de su país en una época de crisis económica y social en todo el mundo, la cual había redundado en una pérdida de influencia y proyección internacional de los Estados Unidos. En una época en que la Unión Soviética había adoptado una política imperial más definida, cuando los países del Tercer Mundo insistían en redefinir las reglas del sistema económico y financiero mundial, Reagan llamó a los votantes a hacer grande a América de nuevo (“let’s make America great again”). Sus primeros años de gobierno los dedicó a impulsar el neoliberalismo y a confrontar al bloque oriental al lado de su amiga Margaret Thatcher; Ronald Reagan llegó a plantarse en el Berlín Occidental y exigió a los soviéticos "derriben ese muro", y cuando las reformas políticas y sociales de Gorbachev llevaron a la disolución de la URSS, Reagan pudo arrogarse el crédito de la caída del socialismo realmente existente.


En el plano económico, el legado de Reagan es contradictorio. Sus reformas y políticas neoliberales favorecieron al gran capital especulativo, con lo que las finanzas privadas de los Estados Unidos experimentaron un gran auge; asimismo, puso las bases para el Tratado de Libre Comercio de América del Norte. Sin embargo, la liberalización aceleró el proceso de desindustrialización de los Estados Unidos, siendo golpeado especialmente el sector automotriz estadunidense por la competencia de las armadoras japonesas y europeas. La región donde las empresas automotrices operaron y decayeron pasó a conocerse como Rust Belt, “cinturón de herrumbre”, los grandes perdedores tras las políticas conocidas como Reagonomics fueron los obreros menos calificados y los pequeños negocios. Y esta zona dio a Donald Trump el triunfo en 2016.

Las condiciones internacionales e internas que permitieron el crecimiento de Trump son materia de debate desde antes que resultara electo, y serán más evidentes a manera que pase el tiempo, sin embargo podemos establecer algunas analogías y contradicciones entre los tiempos de Reagan y los de su declarado admirador. Primero, los Estados Unidos mitigaron ligeramente (sin abandonarla) su política intervencionista durante la administración Obama, lo cual fue interpretado por la derecha como señal de debilidad, según Trump los Estados Unidos “ya no están ganando”; y segundo, su economía ha dejado de crecer. En este sentido, tanto político como económico, se explica el lema calcado de la campaña Reagan, “hacer a Estados Unidos grande otra vez”, sin el imperativo colectivo “let’s” (vamos).

Las contradicciones entre Trump y Reagan nos permiten sin embargo establecer similitudes con la comparación de Marx entre los Bonaparte. Primeramente, Reagan criticó al “imperio del mal” soviético por mantener un muro alrededor de Berlín del Este y detener de esa forma la historia y la libertad, Donald Trump tomó como propuesta de campaña la erección de un muro en la frontera con México aduciendo motivos de seguridad interior. Intenta detener el curso de la historia con una barrera física como los chinos intentaron detener las migraciones mongolas o los romanos trataron de impedir el paso de los bárbaros en Britannia.

Segundo, su actitud ante Rusia es ambivalente y por completo opuesta a aquella que adoptó Reagan. Mientras el actor californiano atacó al imperio del mal y posteriormente encontró en Gorbachev un socio entrañable y permisivo, Trump ha sido acusado de vínculos sospechosos con la inteligencia rusa, que ponen en peligro la información de su gobierno. Esto mientras los Estados Unidos se encuentran enfrentados a la Federación Rusa por la cuestión siria, en una especie de “guerra de proximidad” donde, a la manera de Vietnam, se desangra un país entero por un desacuerdo entre potencias. La Tercera Guerra Mundial, o nueva Guerra Fría, ha sido el tema de los últimos años, marcando un contraste con los veinte años anteriores.

Tercero, las políticas neoliberales de Reagan engendraron el problema y a los simpatizantes de Trump, y al mismo Donald. Esto se demuestra en dos sentidos, la decadencia del sector industrial estadunidense fue acelerada por la liberalización, cuyo momento cumbre fue la firma del TLCAN que Trump ha buscado renegociar o cancelar por sus efectos sobre la clase trabajadora estadunidense; y además, porque la política del “big business” favoreció una nueva camada de magnates ladrones como Trump que se enriquecieron durante al auge de los ochenta y los noventas. Lo que a muchos sorprende es que un millonario no particularmente efectivo haya buscado el poder político, en una tierra donde generalmente los señores del capital prefieren comprar antes que ejercerlo.

En resumen, podemos señalar que Trump no es ni puede ser un segundo Ronald Reagan, de la misma forma que Luis Bonaparte no fue un segundo Napoleón. Si hemos de comparar a Trump con algún personaje histórico, encontraremos más afinidades precisamente con el autonombrado Napoleón III, quien llegó al poder con una campaña populista que obtuvo el apoyo de los franceses pobres desencantados pero que en la realidad operó para favorecer a sus amigos capitalistas en el interior y, como lo padeció México en 1861, en el exterior, mediante una política imperialista y agresiva. Si todos los hechos y personajes ocurren, por así decirlo, dos veces, podemos decir que Ronald Reagan fue la tragedia, y Donald Trump será la farsa que amenaza en convertirse en tragedia para el resto del mundo.

OBRAS RECOMENDADAS:
Hobsbawm, Eric. La era del capital 1848-1875.
Marx, Karl. La Guerra Civil en Francia, El Dieciocho Brumario de Luis Bonaparte.
 

lunes, 2 de enero de 2017

Cómo robar un banco: la privatización bancaria en México



En el moderno sistema capitalista, las instituciones financieras son un elemento clave, el engranaje que en tiempos de bonanza acelera su movimiento y en épocas de caos amenaza con destruirlo. Los bancos administran el capital ajeno, lo prestan a quien está en capacidad de devolverlo (o no) y logran la milagrosa multiplicación de los panes. El sistema bancario es un pilar de la ideología política y económica del liberalismo: asociaciones anónimas que proveen de recursos a los individuos y administran el combustible que alimenta la gran maquinaria de la acumulación de capital.

La concepción liberal del estado sostiene que los bancos, como los sectores productivos, operan mejor si se les deja hacer, si son poseídos por individuos asociados libremente, si operan de acuerdo con los principios de competencia perfecta en un entorno de mercado en el que los contratos se respetan y la propiedad privada es inviolable.

Por otro lado, la acción del Estado ha buscado limitar y encauzar la actividad bancaria, fomentarla lo suficiente para que contribuya al progreso económico pero limitando los obvios excesos en que caen los hombres de carne y hueso cuando poseen o administran recursos. El Estado ha sido usuario de los sistemas bancarios: solicita créditos de la banca para financiar las obras públicas, y le suministra con divisas, sobre todo en períodos de crisis. La tarea del Estado, según el liberalismo, es cuidar que se respeten los acuerdos y que la propiedad sea sagrada, esto aplica al sistema bancario cuando la legislación es favorable a la actividad del capital pero previene los actos violatorios y fraudulentos, y sobre todo garantiza la propiedad de los bancos.

En 1982 el Estado desarrollista mexicano cae en su peor crisis, cuando la baja en los precios del petróleo, el alza en las tasas de interés, la fuga de capitales y la confrontación entre el sector privado y el público se conjugan y obligan al gobierno a tomar medidas contundentes para intentar remediar la crisis. El primer día de Septiembre en su último informe presidencial, José López Portillo decreta la nacionalización de los bancos privados del país para poner en marcha un control de cambios que buscaba detener los efectos de la devaluación del peso. Acusa a los banqueros de traicionar a la patria, de saquear a México, por su actuación durante la fuga de divisas de ese año. Es una obvia transgresión del principio de propiedad, por el actor que según la ideología liberal, debería garantizarla: el Estado. Los banqueros se dicen robados, despojados por un acto incuestionablemente inconstitucional, pero es inútil: el Presidente era todopoderoso y podía legalizar a posteriori sus actos.

La lógica detrás de la Nacionalización de la Banca era financiera a la vez que política. López Portillo intentó responsabilizar del caos económico a los banqueros nacionales a la vez que al transferir los bancos al sector público garantizaba la posesión de recursos con los que financiar el funcionamiento del gobierno tras la crisis. Sin embargo los efectos de 1982 en todos los sectores de la sociedad fueron gravísimos y JLP pasó a la historia como irresponsable apostador, macho mexicano y poco menos que un perro. Su acto final de gobierno le representó un inmenso costo político que no pudo pagar.


"1982, la decisión del presidente", documental sobre la nacionalización de la banca realizado por los banqueros expropiados

Seis años después, las consecuencias de romper el pacto social entre gobierno, capital y trabajo cristalizan en una oposición temible por ambos lados del espectro político que amenaza con derrotar en las elecciones al Partido oficial: el candidato nacionalista que lleva tras de sí las fuerzas populares, heredero de un nombre y una ideología histórica, Cuauhtémoc Cárdenas; por el otro lado el candidato de las clases medias y altas que se sintieron defraudadas con el golpe del 1 de Septiembre, el empresario Manuel Clouthier. En medio de ellos, empequeñecido, el tecnócrata y neoliberal Secretario de Programación y artífice de recortes al presupuesto, Carlos Salinas de Gortari. El desenlace era previsible, el seis de julio se perpetró un fraude monumental que no convenció a nadie, el cual pondría en una dificilísima posición al mandatario entrante. Sin embargo sus acciones posteriores, como todo su sexenio, evidenciarían el maquiavelismo y la astucia política de Salinas, que por la puerta de atrás entraría a la historia mexicana para ser uno de sus actores más determinantes.

Sabiendo que la nueva izquierda aglutinada no pactaría, se aproximó a la derecha. En reuniones secretas con la cúpula panista, Salinas se comprometió a deshacer la epopeya lopezportillista, y reprivatizar la banca para convencerlos de legitimar su “triunfo” electoral. Con la reticencia inicial de Clouthier, los convenció.

Sin embargo, Salinas también tenía que responder al ala más tradicional y nacionalista del Partido oficial (los cariñosamente denominados dinosaurios) que, alebrestados por la defección de Cárdenas y miles de simpatizantes, no aceptarían ver revertida la nacionalización. El compromiso alcanzado fue el siguiente: los bancos volverían a ser privados, pero no de sus viejos dueños. Esta decisión, que buscaba crear una nueva burguesía financiera afín a Salinas, se demostraría fatal en 1994.

De acuerdo con el monumental estudio La privatización bancaria en México de Francisco Ibarra Palafox, la devolución de los bancos al sector privado obedeció a evidentes necesidades políticas de un candidato ilegítimo que buscaba echar a andar su proyecto de estado. Según Ibarra, este proceso estuvo muy alejado de lo que debió ser de acuerdo al ideal liberal: las intromisiones del Estado y la discrecionalidad con que se realizó determinaron que la privatización fuera apresurada, desaseada y peligrosa para el futuro desarrollo de la economía nacional.

La privatización, de acuerdo con Ibarra, adoleció de graves vicios y de inconstitucionalidad inherente, para demostrarlo hace uso de un impresionante aparato de interpretación jurídica y de su conocimiento del proceso al haberse desempeñado como asesor bancario. Cada desincorporación bancaria es estudiada y el estado de cada banco, antes y después del proceso, confirma las hipótesis del autor. Los bancos nacionalizados se debieron entregar a sus nuevos dueños en un período brevísimo (menos de dos años) lo que contribuyó a la opacidad y a un tremendo sobreprecio, nunca visto en ningún proceso de privatización bancaria en el mundo.

Los nuevos banqueros en muchos de los casos carecían de experiencia en instituciones financieras, y eran además sujetos de escasa calidad moral (como lo demostraron los casos Cabal Peniche y Lankenau), pero además, la desregulación implementada por el gobierno salinista contribuyó a dar cancha libre a sus acciones, y el sistema bancario mexicano se comportó desde entonces como nuevo rico, prestando y prestándose más allá de sus posibilidades y jugando a la economía casino con fichas que, como se demostraría después, acabaría pagando el pueblo de México, primero con la gravísima crisis de diciembre de 1994, y con el posterior rescate bancario implementado por la administración Zedillo y legalizado por Vicente Fox.


La privatización bancaria en México, editorial Siglo XXI



El valor historiográfico de este trabajo, que es de por sí importante en los aspectos jurídicos, políticos y económicos, yace en que señala la intersección de factores, procesos y acciones que determinan los acontecimientos históricos, desde la expropiación de 1982 hasta la crisis decembrina de 1994 a través del proceso de privatización bancaria. El extenso trabajo de Ibarra y su equipo permiten adentrarnos en la historia reciente de México, tan determinante para nuestro momento actual, pero también hace ver que la implementación de mercados en todos los aspectos de la economía, y el retiro del Estado de los ámbitos de regulación, muy lejos de llevar a un funcionamiento ideal de modelos conducen, en la vida real, a complicidades y corruptelas que tienen un duradero y gravísimo impacto en toda la sociedad.

PARA SABER MÁS

Anaya, M. (2008). 1988: el año que calló el sistema. Editorial Debate. Un libro casi inconseguible que documenta el arreglo entre la cúpula panista y el equipo de Salinas.

Cárdenas, E. (1994). La política económica en México 1950-1994. Fondo de Cultura Económica. Un libro fundamental para entender la economía de los gobiernos priístas, por uno de los más destacados historiadores económicos de la actualidad.

López Portillo, J.(1988) Mis tiempos: biografía y testimonio político. Fernández Editores. Las voluminosas memorias políticas de López Portillo, donde justifica sus acciones.

Tello, C. & Cordera, R. (1981). México, la disputa por la nación: perspectivas y opciones del desarrollo. Donde se explica la división en el seno del partido oficial entre nacionalistas y tecnócratas que llevó en 1987 a la escisión que resultaría en el PRD.